Pétalos del campo que recorren las calles de la ciudad
Son las tres de la
tarde en el corregimiento de Santa Elena y se siente el frío penetrante. En el
parque se realizan diferentes actividades, que hacen parte de las tradicionales
festividades de la Feria de las Flores. En la plaza central, una orquesta interpreta música
antioqueña y en el escenario los bailarines mayores de 60 años dejan ver en sus rostros la
alegría por las tradiciones que nuevamente engalanan al pueblo y las veredas.
En los alrededores
del parque están ubicados diferentes locales, que venden comidas y bebidas típicas
de la región antioqueña: sancocho de gallina, tamales, lechona, merengones y agua
de panela con queso hecha en fogón de
leña. También se puede comprar cervezas Pilsen, Aguardiente Antioqueño,
Ron Medellín y otros licores que acompañan las celebraciones de los paisas
desde hace décadas
Indudablemente, el
parque es un referente turístico. El
campesino cargando una silleta monumental, acompañado de su esposa y su hija,
son la representación de una tradición familiar que empezó en 1957 con cuarenta
campesinos. Por aquella época, el Festival de las Flores era “una muestra
agrícola y actividad comercial de los cultivadores de Santa Elena”, según lo
afirma el sitio web de Colombia Travel.
La tarde empieza a
caer y la gente empieza a aglomerase en
el pueblo. Los visitantes preguntan a los campesinos por las fincas cercanas donde se están
elaborando silletas, para empezar el recorrido. Las caminatas inician en las
orillas de la carretera desbordada de vehículos y avanzan hasta llegar a las veredas
aledañas, donde los silleteros crean sus obras florales, ya sean tradicionales,
monumentales o emblemáticas.
El señor Gustavo
Sáenz, líder del programa riesgos y desastres de Santa Elena, cuenta que esta
Feria se ha convertido en una fuente de empleo para la comunidad, ya que durante las festividades
ellos aprovechan para hacer diferentes eventos, en los cuales están generando
ingresos para diferentes familias del sector”. Esto debido a la concurrencia de
turistas de otras ciudades y países del mundo, que adoptan esta tradición
temporalmente.
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Hay fincas silleteras
que se dedican al turismo durante esta época del año, como la Reserva Natural
de Monte Vivo, una hacienda que planea recorridos turísticos entre el bosque y
la naturaleza. Un turismo rural, que relaciona a los visitantes con las
costumbres y tradiciones que sobreviven de los paisas de antaño.
Aventura entre
bosques y flores es uno de los eventos que se realiza en esta finca desde hace
ocho años. Darío Humberto Cook Londoño, director de la reserva, cuenta que
durante ese programa ¨hacemos aventura de dos maneras: una es un vuelo en
canopi, es la sensación de volar por encima del bosque, o hacer un sendero
ecológico que es un recorrido por los bosques, nacimientos y con una relajación asistida¨.
Esta es una estrategia
para atraer a los turistas para que recorran la zona rural del corregimiento,
como una modalidad de turismo alternativo en la que el paisaje y las costumbres
contrastan con las de las ciudades. Además, es una manera de obtener dinero
para suplir las necesidades y los gastos que genera la asistencia, el consumo y
el ingreso masivo de los visitantes a las fincas campesinas.
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Santa Elena es el
epicentro de la tradición que alimenta a la Feria de las Flores. Así ha sido
desde que el Antiguo Festival de las Flores empezó a realizarse en la ciudad de
la montaña. Han transcurrido 56 versiones y la tradición ya trascendió a otros
países, como es el caso de Roma, Brasil, Venezuela y Panamá, donde se realizan
eventos alusivos a esta Feria.
Carlos Atehortúa es
el presidente de los silleteros de Santa Elena. Desde hace 25 años disfruta las
noches como esta, en la que repite la tradición familiar que heredó de sus
ancestros: la elaboración de la silleta. A las ocho de la noche, aumenta el
frío y se precipitan las lluvias que se extienden hasta la madrugada. La gente
camina sin rumbo fijo y, sin ningún reparo, entra en la finca de los Atehortúa para
ver la elaboración del ornamento floral que Carlos cargará el día siguiente.
También los vecinos
del sector se acercan a acompañar a Carlos. Después de unos minutos, empiezan a
tomar agua de panela caliente para amortiguar el frío. También beben aguardiente,
comen tamales, bailan música popular y se ríen como respuesta a cada
comentario. Entre tanto, la elaboración de la silleta avanza en el patio de la
casa.
La silleta que él
hace esta noche entremezcla los tamaños, colores y formas de 25 diferentes
especies de flores, algunas cultivadas en su finca y otras traídas de
diferentes veredas y municipios del oriente de Antioquia. Cuando estas plantas
están en sus respectivas posiciones, los turistas empiezan a disfrutar de la
creatividad de los trabajos que año tras año se hacen religiosamente, para
honrar las tradiciones y las fiestas de épocas pasadas.
Transcurren las
horas, la silleta deja de ser un embeleco y los campesinos se marchan para
descansar un par de horas. En la madrugada del día siguiente, el domingo, los
carros de la Alcaldía de Medellín recorren cada una de las veredas recogiendo
las silletas para exhibirlas en el Centro de Exposiciones de Plaza Mayor, en
donde se elige a las mejores silletas por modalidad.
Mientras tanto, en la
ciudad las personas empiezan a movilizarse por las calles bajo un sol
incipiente y a separar el mejor lugar para ver el desfile. Los paisajes de la
noche anterior, de naturaleza y campesinos, es cambiado por las modernizaciones
de una ciudad que quiere ver un poco del campo en sus calles pavimentadas.